jueves, 5 de enero de 2012

La musa a-Zul

El rojo de las paredes se escabullía entre sus pechos.
La luz parpadeaba con sus gemidos.
Siempre era así.

Adoraba sus cabellos, sus labios. Como la luz de farol de la calle formaba figuras geométricas en su simétrico rostro.

Ahora viéndola tendida, extasiada a un extremo de la cama. Envueltos en silencio, él pensaba, la forma tan extraña en como se habían conocido una y otra y otra vez, en las viejas calles de Lima.

Un libro, un café, el pasaje de los escribanos... 

Y pronto, despúes de tanto encuentro. La frase que lo acompañaría todos los siguientes meses y la visión de ella vestida toda de azul marino al otro extremo de la cama:

-"Y qué si nos enamoramos?" 

Su sonrisa cómplice -póstuma a la frase. El revoloteo de sus alas y sus piernas alrededor de su cuerpo.

De allí en adelante sería el mismo lugar, la misma hora y una misma fecha.

Para no enamorarse, ellos no hacían mas que tocarse, mirarse y volverse a entrelazar hasta caer la tarde. Pero esta forma de arte, como así lo llamaban los dos, esta forma de retratarse en sus mentes, de tatuarse sus olores, los iba consumiendo lentamente.

Y extrañaba su risa, sus ojos. Sus divagaciones mirando el techo de madera.
El cabello sobre su rostro.

Y llegó el día señalado y la hora señalada.

Moría por darle el obsequio luminoso, de la vitrina luminosa de esa calle lujosa en la cual alguna vez se encontraron. 
Pero pasaron los minutos y la puerta no sonaba.

Frente a la puerta de la habitación amplia y sobre la cama, él esperaba musitando la canción que tenía su nombre y guardaba el perfume de ella.
Entonces vió cuando se deslizó el papel bajo la puerta y dejó entrever su alma.

"El amor nos ha llegado.
Adiós"


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