lunes, 23 de agosto de 2010

Alejandra, Diego y yo. Parte 2.

Cuando Diego tocó la puerta de mi casa debían ser ya como las 10pm.
Había llegado el maldito como cuatro horas tarde. Cuatro horas en las que yo me encontraba angustiada, con el corazón casi en la mano. Mi cerebro se pudría al pensar que me hubiera dejado plantada... él mi media naranja...Que nivel!!!!!
Así que cuando el arbolito rechoncho llegó a mi casa (y digo arbolito por su modelito africa look), yo casi muero de la felicidad y los colores rosa volvieron a mi rostro.
Diego me abrazó como nunca, me levantó por los aires y me dijo que me había extrañado a horrores. Pero esa "horrores" olía a alcohol, y se dejaba vislumbrar por los poros de su piel. Diego disimulando su estado etílico y queriéndose congraciar conmigo, sacó un chocolatito de ron con pasas de los bolsillos de su casaca marrón y un par de guantes negros para mis manos que siempre buscaban calentarse al interior de sus pantalones.
Pero ni el fuckin' chocolatito ni los guantes me calmaron mucho que digamos...
Nos sentamos en la acera y comenzamos a hablar de lo ocurrido. Me comentó entonces de la travesía que había terminado en copas, pasando por unas partiditas de billas y una performance de "a sol la barra" -cortesía de nuestros humildes antros de la Avenida La Colmena.
Nos encontrábamos entonces en el trance de la explicación: él sumergido en su historia y yo absorta mirando sus achinados ojos. Para completar la historia fatídica del perpetuo juego de billas, sacó entonces su celular para mostrarme un mensaje...
Sin embargo, aunque pasó de manera violenta los primeros mensajes de la bandeja, yo había creído mirar un "te quier..." y me quedé perpleja, sin poder escuchar si quiera sus palabras que seguían relatando aquella historia ya inverosímil.
Tomé el celular de sus manos y fui al encuentro del mensaje cuyo remitente era desconocido.
Te quiero mucho mi rey. Que tengas un lindo día. Esta noche te quiero calato! jijijiji te mando un beso

La boca no se me podía cerrar. Parecía que la mandíbula se me había caído!.
Es que no me lo podía creer!
Quién era esa infame que no dejaba que él me ame?

viernes, 6 de agosto de 2010

Alejandra, Diego y yo. Parte 1.

Falta cuarenta minutos para que se cumpla un día entero desde que no sé nada de él.
Es un día feriado con un sol hermoso adornando las calles; sin embargo, sobre mi cabeza aún no hay rasgos del día soleado con nubes despejadas, de esas un tanto extrañas que no hay en Lima.
Es un día feriado, y estoy sentada frente a la computadora media deprimida (porque no contestas el telefonito de mierda), y media molesta (porque sé que estas con ella gastando el tiempo que deberías invertir conmigo).

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Alejandra
Alejandra llegó de viaje un día lunes, es decir hace cinco días. Ale -como él le solía decir-, dejó atrás una vida en Panamá para venir a verle a él: Diego, quien hasta hace algunos días antes de su llegada, era mi enamorado y quien me decía hasta el martes, que me quería y que yo era la persona mas especial y cariñosa que él hubo alguna vez conocido.
Alejandra había conocido por una página social a Diego hacía tres años. Eran cibernovios hasta el año pasado en que vino a Lima y se comprometieron.
Alejandra era de estatura pequeña, ojos color cafe y piel trigueña. Tenía un hijo, Fernando, que Diego había prometido cuidar y adorar hasta la muerte; una muerte en la cual él no creía por supuesto!.
...Alejandra creía que él era su héroe.

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Diego
Diego vivía con el alma partida de dárselo a tantas personas.
Diego quería a la música un tanto más que al aire, a la tierra y a la mar. Quería cualquier cosa pero más a él.
Diego sentía que Alejandra estaba presente en su mente (pero como físicamente estaba lejos), él compartía su cuerpo cada noche con cuanta damisela se cruzara por su camino.
Diego era muy versado en las artes amatorias, sabía ser un gentleman y al mismo tiempo el patán de la esquina: todo según los requerimientos personales de la "víctima".
Diego había prometido casarse con Alejandra y compartir el resto de su vida con ella; pero el resto de su vida era mucho tiempo. Además, él tenía su vida paralela en Lima con sus amigas cariñosas y su amor proveniente de una noche de tragos.

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Yo
Cuando conocí a Diego yo no creía en el amor y, sinceramente, no tenía ganas de enamorarme de alguien. Quería dedicarme de integro a mi trabajo y a desarrollarme como persona... llevaba así dos años... con una vida de sombra y envidiando a las parejas caminar de la mano en un día con sol.

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Diego y Yo
Mi vida era muy solitaria hasta que él llegó. Cuando lo vi por primera vez debo confesar que no me gustó su look, pero me deslumbró su manera tan desenfadada de ser. Era lindo, gracioso y le gustaba leer.
Congeniamos casi al instante y salimos durante unos meses.
Vivía en un sueño que no quería despertar. Así que cuando me dijo para estar, yo volaba en una nube coposa.
Recuerdo que me había mencionado que a su última enamorada la había conocido por internet y que se iban a casar pero que habían terminado porque se dio cuenta que eso no era para él -y menos ella-, además estaba yo, y su mundo era mi mundo.
Las horas pasaban rápido cuando estábamos juntos. Nos encantaba pasear, caminar por todas partes y sentarnos a la mitad de la calle para ver el mundo pasar a nuestros pies.
Disfrutábamos de las noches de los sábados viendo películas abrazados y riéndonos de todo hasta terminar por los suelos, abollados por las sesiones de cachascán intenso que nos prodigábamos.
Nos gustaba jugar, cambiar de roles y coquetearnos, mordernos y pellizcarnos hasta que la piel se enrojeciera...
...para nosotros ese tiempo eterno de juego y amor era la felicidad personificada.

Pero Felicidad dejó de visitarme desde la noche del miércoles antepasado cuando Diego tocó la puerta de mi casa y...

El 4 de Octubre del 2008


El 4 de Octubre del 2008 siendo casi las 3 de la tarde, me encontré pensando en tí:
En tu cabello ondulado, en tu cuerpo delgado, en tu olor a sándalo y en vuestras poses de ser el hijo del sol, de la tierra y del mar.

El 4 de Octubre del 2008, a las 3 de la tarde, le escribía recondando que la felicidad -así como el amor-, era un estado mental, vedado a nadie, y que mientras tuviéramos esa capacidad de amar y ser felices nuestro corazón seguiría latiendo.

El 4 de Octubre del 2008 a pocos minutos pasados las 3 de la tarde, usted me contestó que felizmente todos tenemos mente y que las cosas lindas de la naturaleza no le dejaban ni lo dejaría solo.

Ese día, el 4 de Octubre del 2008 mucho después de las 3 de la tarde y habiendo leído aquel mail, pensaba en que la naturaleza me había abandonado y sentí envidia por usted y por todo lo que le apasionaba.

Ahora desafortunadamente, podía vivir sin mí. Las nubes copiosas y grises de Lima se habían disipado en vuestra mente.
Lo único que me queda es esperar a que el sol evapore mi pena.